Durante los últimos 16 años, la Escuela de Tauromaquia de Sevilla ha preparado a jóvenes estudiantes para tomar parte en una de las tradiciones más antiguas de España. Cada alumno/a pasa años practicando meticulosamente con la esperanza de tener un día la oportunidad de entrar en la élite de los toreros profesionales.
Escrito por: Jessie Svec & Traducido por: Esperanza Subires.
“Torero: Quiero una oportunidad” reza la sudadera de Pedro Enrique Calvo Molina. Pedro, 19 años, es uno de los 21 estudiantes de
Como sus otros dos compañeros de clase, Pedro se levantó temprano esta mañana para comenzar su rutina de entrenamiento diario. Los tres estudiantes llevan ropa de deporte y tienen una buena actitud. A las 11.00 están ya a pleno rendimiento tras varias horas de ejercicio y prácticas de técnica con su profesor en el parque del Alamillo. La mañana, fría y con chubascos, apenas afecta al espíritu de estos jóvenes aspirantes a toreros.
Su rutina matinal consiste en correr alrededor del exuberante parque verde. El sonido del piar de los pájaros y el dulce murmullo de la actividad humana suenan de fondo. El calentamiento termina con un sprint. Cualquiera puede comprobar que estos chicos se toman en serio su formación. Los chistes y las carcajadas terminan dignamente cuando cogen sus capas, muletas y espadas para practicar la técnica o el baile del toreo.
“El toreo es tanto físico como mental,” comenta Manuel Campuzano, 39 años, uno de los tres profesores de
Con un gran arraigo en la cultura española, el deseo de participar en el mundo del toreo es algo que se lleva dentro. No es por la fama ni por el dinero; eso es algo secundario. Se trata, nos dicen, de un deseo abrumador de entrar en una plaza de toros a torear.
Campuzano, torero experimentado, lleva enseñando el arte del toreo desde hace 16 años, aunque comenzó sus estudios en este mundo con tan solo 8. Tiene una cicatriz larga y blanca en su morena rodilla, un recuerdo de la peligrosa danza con la muerte a la que se enfrentan los toreros cada vez que entran a la arena. El profesor, orgulloso, afirma que él no eligió ser torero, nació siendo uno.
El origen del toreo se remonta a la coronación del rey Alfonso VIII en el año 711. Se dice que la primera corrida fue en su honor. Aunque la emoción y el suspense del toreo atraen a las masas en muchos lugares del mundo, como Francia, Portugal, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Perú o Venezuela, es difícil pensar en España sin asociarla con los vistosos trajes de luces de los toreros, agitando su capa rosa frente a la bestia, tentando a la muerte con cada movimiento cuidadosamente planeado.
Se estima que cada año alrededor de un millón de personas se sientan conteniendo el aliento en una de las muchas plazas de toros famosas de España para contemplar el juego del matador con el destino. Un millón de personas llenan las gradas para comprobar quién saldrá triunfante esta vez, si el hombre o la bestia.
En Sevilla se encuentra la famosa plaza de toros de
“El toreo es un arte, una profesión”, señala Miguel Serrano Falcón, presidente de la Escuela de Tauromaquia. “Es como ser pintor, escritor o cualquier tipo de artista”.
Los artistas o toreros en ciernes tienen clases lectivas tres veces por semana durante dos horas. El resto del tiempo lo pasan en el campo con entrenamientos y fortaleciéndose, esforzándose por alcanzar la técnica perfecta.
Sin embargo, el tener una técnica perfecta no siempre asegura la fama, la fortuna y el éxito en el mundo del toreo. A un torero se le tiene que dar la oportunidad de mostrar sus habilidades. El mundo de los matadores profesionales es una élite. Un torero debe ser llamado para poder participar en cada evento.
Antes de convertirse en matadores hechos y derechos, a los jóvenes que están empezando se les llama novilleros. Tan solo se les permite torear novillos (toros jóvenes menores de cuatro años) y no han sido iniciados oficialmente en la comunidad de toreros reconocidos. La ceremonia en la que un novillero se convierte en matador se llama “alternativa”. El novillero recibe su título de un torero veterano que hace de padrino. Se trata de una corrida de iniciación pública, un ritual de pase de derechos con el que sueñan todos los toreros jóvenes.
“Es muy difícil llegar a ser un torero de éxito”, afirma Miguel Serrano. Desde 1994, el presidente de la escuela ha visto a 300 chicos crecer como personas y como toreros. Él calcula que tan solo el 3 por ciento se han convertido en profesionales de éxito. Entre los pocos elegidos destacan como matadores en activo Daniel Luque, de 20 años, y Salvador Cortés. Otros se convierten en banderilleros, o ayudantes de los compañeros a los que se les ha dado la oportunidad de su vida. De cualquier manera, a Serrano le llenan de júbilo y orgullo sus jóvenes estudiantes conforme progresan en un ciclo que les une a una parte especial de la cultura española. Al final, hay algo más importante que convertirse en un torero famoso. “Veo a los niños convertirse en hombres”, nos dice con una sonrisa.

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